Alguna que otra cosa productiva puedo referir en el día de hoy: he colgado un cuadro en la entrada de casa, en el recibidor, si es que ese espacio se llama así, que si es así sí que me resulta un pelín cursi. Fui al lavadero a por el taladro, dispuse los elementos necesarios, planeé la estrategia, secuencié las acciones, sopesé el peso del cuadro y en consecuencia seleccioné la arcayata y el taco y la broca...Todo eso lleva tiempo y esfuerzo, y afuera se podían cocer huevos sobre el charco de pipí del perro del vecino, y mi pequeño rondando a mi alrededor, queriendo tomar parte en la batalla y al mismo tiempo muerto de miedo y tronando lágrimas cada vez que yo echaba a andar el trompo y lógicamente el trompo me respondía con su habitual escándalo de máquina revolucionada. Fue duro pero mereció la pena; el recibidor ha quedado coqueto y bonito y bastante bien: si llegas de fuera y abres la puerta, lo primero que ves es ese cuadro que pintó mi padre, ese paisaje nevado de pinceladas temblorosas, algo imprecisas. bajo el cuadro el mueble con cajones que pintó y barnizó mi esposa, y sobre el mueble fotos de mi pequeño y una de una pequeña amiga. El conjunto resulta reconfortante, agradable, hogareño, si es que ese adjetivo describe o dice algo de algo. Ahora es ya tarde y ladran perros y hay luna llena y hace rato que el trompo duerme en el lavadero oscuro.